Diario de viaje: Tatacoa

Guardo en una caja negra

las estelas de un cuento

que me contaré mil veces.

 

La historia de un bosque rojo

que me enseña a soltar.

A valorar mis grietas para hacer sobre ellas

Grupos de piedras que me vuelvan cimiento.

 

Edificios naturales que soportan

el asfixio de la intemperie.

 

Busco conquistar los terrenos de mi piel roja.

Como el desierto que vi

y que se parece a las estrías de mis nalgas.

 

Me recorro la piel para darme un nombre.

Para recordarme.

 

Busco que mi mano no haga daño al hombre.

Ni a la tierra que recorre,

Ni al viento.

 

Que seamos tacto sutil pero concreto.

Que toquemos para sentir lo que hay que sentir.

 

Que caminemos la noche en silencio para escuchar

A la oscuridad.

Para guardar cuantas estrellas podamos

y soltar nuestro propio peso.

Nuestra carga.

Nuestro sino incierto.

 

Abrir los ojos a tempranas horas para compartir deseos.

Para los primeros vestigios de sol,

que en algún lugar del mundo también son los últimos.

Y las conversaciones frente al tiempo.

 

Guardar, ahorrar como lo hace la tierra.

Para vivir.

Para parar cuando haya que parar.

No sufrir.

No sufrir de más.

Saber mirarme en el espejo del agua

y saludar.

Saber distinguir las estaciones.

 

Guardo en una caja negra las estelas de este cuento.

Me lo leo y lo repito para que todas mis lecciones,

Jamás,

Y digo nunca,

Se las lleve el viento.