Combatir la nada

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  “Entre las muchas maneras de combatir la nada, una de las mejores es sacar fotografías, actividad que debería enseñarse tempranamente a los niños pues exige disciplina, educación estética, buen ojo y dedos seguros.” 

Cortázar

Tres días de duelo

A ELLAS, a ellos, a nuestros líderes indígenas, a los humanos; colombianos, españoles, terrestres. 

No salgo a la calle creyendo que me van a matar.  No salgo con un uniforme de blanco perfecto.  Ni como vestido de objetivo, ni tan siquiera, salgo a cantarme víctima.  No salgo a la calle  queriendo ser cifra o  encierro o tres días de duelo.  No salgo a la calle con traje de pretexto, ni de excusa, ni mucho menos con atuendo de imperfecto escudo.  No salgo a caminar tampoco desnudo, ni a ser espejo, ni a ser suma que divide.  No salgo a la calle a que mi voz, que es la de otros, y a qué mi vida, que habla y defiende y busca la vida de otros, lidere lo muerto.  Salgo a la calle esperando estar de vuelta. Y sin embargo, las balas que pierden y el odio que explota, me viste de víctima, de cifra, de traje de pretexto.  Y sin embargo camino, a esa, la calle mía y de todos, y mi olvido y mi palabra y mi canto de nadie, hoy están muerto. 

SOBRE EL TEMOR DEL TIEMPO

El sentimiento se esconde en lo breve.
Entre el líquido que aún no sale de la garganta.
Entre el ardor en la distancia entre el esófago y la lengua.

Una náusea tremebunda,
Rastrilla entre las grietas,
Que abastecen el pasado,
De mi consciente ansiedad.

Las llaves entran en el cerrojo de la puerta.
Escucho mis pasos sonando fuerte,
Aplastando el silencio
Al subir por las escaleras,
Detrás del elevador.

El metal del termo que carga el café que ya bebí,
Titila con el rozar de los botones de mi abrigo,
Y el campaneo sostenido se queda,
Después del golpe entre los elementos.

Titila casi arrullando la nostalgia,
Pero no consigue dormirla.  

Si miro las escaleras siguientes,
Siento olvidar mi presente.
Y entra el juicio a dominar 

Esa, la puerta que no es mi casa
Me regala paciencia.
Y entonces se abre,
Y está oscura y las entrañas arden,
Y me agobia el destino
Y el pasado,
Y la nostalgia,
Y lo incierto,
Y los bolsillos vacíos,
Y el espejo sucio.

Quisiera caminar viendo el asfalto frío
y ya sin hojas,
Y no andar sintiendo el ardor,
Ni las ansias,
Por la acera de enfrente.

Diario de viaje: Tatacoa

Guardo en una caja negra

las estelas de un cuento

que me contaré mil veces.

 

La historia de un bosque rojo

que me enseña a soltar.

A valorar mis grietas para hacer sobre ellas

Grupos de piedras que me vuelvan cimiento.

 

Edificios naturales que soportan

el asfixio de la intemperie.

 

Busco conquistar los terrenos de mi piel roja.

Como el desierto que vi

y que se parece a las estrías de mis nalgas.

 

Me recorro la piel para darme un nombre.

Para recordarme.

 

Busco que mi mano no haga daño al hombre.

Ni a la tierra que recorre,

Ni al viento.

 

Que seamos tacto sutil pero concreto.

Que toquemos para sentir lo que hay que sentir.

 

Que caminemos la noche en silencio para escuchar

A la oscuridad.

Para guardar cuantas estrellas podamos

y soltar nuestro propio peso.

Nuestra carga.

Nuestro sino incierto.

 

Abrir los ojos a tempranas horas para compartir deseos.

Para los primeros vestigios de sol,

que en algún lugar del mundo también son los últimos.

Y las conversaciones frente al tiempo.

 

Guardar, ahorrar como lo hace la tierra.

Para vivir.

Para parar cuando haya que parar.

No sufrir.

No sufrir de más.

Saber mirarme en el espejo del agua

y saludar.

Saber distinguir las estaciones.

 

Guardo en una caja negra las estelas de este cuento.

Me lo leo y lo repito para que todas mis lecciones,

Jamás,

Y digo nunca,

Se las lleve el viento.

 

 

 

 

A medias

Quiero ocuparme de las lunas que otros han dejado de ver.
Ocuparme de las lunas olvidadas.
De las llenas.
De las medias.

De las medias que quedaron colgadas en la lámpara cliché
Que todos recuerdan después del desnudo de media noche.
De las medias de media noche y su media luna.

Quiero ocuparme del ayer que dejé olvidado
En el pasado en que me dijeron
Que no esperara nada.

Del ayer en que esperé olvidada,
Aquella mañana en que creí que sería
Fría y feliz.

Del ayer en que esperé que tan solo la ausencia
De esa mañana,
Me tranquilizara por haberse vuelto constante.

Quiero ocuparme de lo constante. De lo que sigue
Estando ahí
Y aún espero que cambie.

Deseo un enemigo tan solo por una noche.
Que me quite el hastío del constante.
De las medias que nadie me quitó
Pues estaba sola.

De la luna que nadie caminó conmigo.
De la lámpara.

Ese enemigo que luche contra luces.
Que atenúe solo un poco aquellas que
Me están cegando.

Que luche contra mis ganas previas de ocuparme.
Que me quite las ganas de sentir.
Que me ocupe para no ocuparme de mis preocupaciones.
Que me ponga medias porque la luna está llena.

A los que no amé


Creo que nunca supiste
Que, al verme dormir,
No estaba soñando contigo.

Que fuiste un refugio
Para cargar un turno de experiencia.

 

Que veía tus gestos,
Y nuestros días,
Sin celebrar tu rostro.

Que no eras idilio,
Sino símbolo.
Que te llamé por mil nombres,
Para reemplazar tu vida.

Que te pido perdón
Por no entregarte la mía.

Que, a los cortos años,
No se sabe de amores
Ni de actos.

Que en la historia de mi vida
Siempre tuviste un reemplazo.
Que fuiste el único con un título,
Y que, desde tus días,
Como tú,
Nadie me ha amado.

El mundo

Porque caminando por los lugares del mundo, te encuentras con espacios idénticos a un sentimiento. 

Te vas dando cuenta que el mundo se parece a tus días. Se parece a tus amores fallidos.  

Te vas dando cuenta que los lugares son tus lugares.  

Que tu cuerpo es una casa que se parece a muchas casas, cuando alguien, muy temprano, salió de ellas.  

Que tus días se parecen a una puerta cerrada.  

A un café servido.  

A una cuna que nadie mece.